Prólogo de la escritora Silvina Crespo
Prólogo
“¿Quién salvará a ese chiquillo menor que un grano
de avena? ¿De dónde saldrá el martillo, verdugo de esta cadena?”
Miguel Hernández, poeta español
Imposible evitar el enojo y la furia frente a los
personajes de esta novela corta. Es “Elniño”, no “un niño” cualquiera. La
soberbia y rudeza del tutor alemán, los abuelos que poco sabían y hasta por ser
“brutos”, caen en la errónea decisión de apartarlo de sus vidas. Acaso, conocer el mundo, padecerlo en las más
bajas ideas del trabajo, sus miserias, a endurecer el pecho y la espalda, ¿dónde se pone el corazón?
Apenas comencé el primer capítulo supe que me
enfrentaba al salvajismo, vi el verde siniestro y enorme de la selva, que
irremediablemente me trajo a Quiroga.
Las sombras del miedo y el horror.
No es exagerado, pero la despedida de Juan, desde la casa hasta
atravesar el portón, me apretujó la garganta.
Esperé que el abuelo se arrepintiera, confieso.
La
historia es triste pero mantiene la esperanza, desdoblada. En algunas instancias, parece que todo ese
pueblo terminará con la vida del personaje.
La existencia de cada uno de ellos está rodeada por “el muro”. El alemán acarrea un pasado del que no puede
desprenderse, y huye a su rincón para recordar quién era. Se desquita con Juancito y él acata la
educación como una religión, un juramento, la orden. Peones que sólo se divierten con los gestos y
pensamientos del alemán y lo enfrentan, los mismos que se olvidan del niño, que
busca refugio en ellos.
La vida
se refleja en el bofe y la “verdolaga”, la brutalidad en su cumbre. El plato mal servido, la sed sin descanso y
las ansias de ver otra parte del paisaje.
Las manos son el símbolo recurrente en esta historia. Su tío justifica el desarraigo: “Palmeó
cariñosamente el hombro del niño en un gesto poco acostumbrado…”.
“Sentía dolor en la mandíbula a causa del
cachetazo”, el médico alemán no había perdido las costumbres y el descanso era
omitido en el “cuartel”: (…) el polvo de cal y la abrasión de los ladrillos
unidos al sudor, comenzaban a efectuar en la piel su propia excavación”. La repetición de situaciones representativas
en las manos, es sin duda, el signo que apremia en la vida de Juan. Ellas son caricias, abrazos, pero además, lo
son con ampollas y hasta el recorrido sobre el cuerpo de una mujer. El personaje atraviesa una simbología
dicotómica, que el lector analizará en el avance. La arboleda, las plantas gigantescas, los
chanchos, son símbolos pragmáticos. El
hacha en un leñador no es lo mismo en las manos de un alemán, el plato de
comida de una madre. El autor
generosamente construye los personajes de una manera definida. Es decir, viven tal cual son y no existen
intersticios para otras interpretaciones.
La duda se ausenta y los hechos son comprobables.
Es
ficción, claro, pero la verosimilitud es transparente y premonitoria. El autor describe el rancho de forma
impecable, es una obra de arte, la cual revela el alma e ideología del médico
alemán, embebido de una misión insobornable sobre el niño. Me vino a la memoria el cuento El Fin del
maestro Borges, que nos muestra la quietud y tensión de una pulpería donde se
desatará una vieja deuda. En la historia
de Juan Carlos Luis Rojas, el niño las va generando y nos hace recorrer el
destino inevitable. Por otro lado, el
sentimiento propio de un niño, las sensaciones de la edad y la curiosidad en su
esplendor, deja respirar por un rato y nos divertimos en ese carnaval donde
Juan conocerá el amor y el cosquilleo.
Otra vez las manos aparecerán para continuar el relato: “Rozaron sus
manos dos veces, a la tercera sensación de tibieza (…) él tomó la de ella. (…)
Agarrá la tela con tu mano derecha (…) Fueron jalando el paño detrás de sus
espaldas”.
Pero la
contracara aparece insistente. Los
personajes son expertos en predisponer el horror frente a la inocencia del
niño, quien resiste a cambio de una “educación.” El desamor y el frío del alma, el ahogo y lo
bestial que manifiesta la violencia: “La mesa un viejo cajón (…) se movía a la
presión de cuchillos y tenedores”, por qué no, cuando Juan debe matar a
Macbeth, el perro. Si recuerdan la obra
de Shakespeare, la mascota tiene un nombre que se las trae: Macbeth, general
del ejército del Rey de Escocia, decide asesinar al rey. El drama que se plantea en la obra de
William, es la traición y las consecuencias fatales que puede tener un hombre
movido por la ambición. El alemán:
“Debes matarlo esta tarde.”
“El niño, el muro y la libertad”, es un relato que va desentrañando en cada capítulo, una
metáfora que se transforma en analogías, a la impotencia-la pala, a lo
histórico-guerra, las costumbres-el deber y lo que siente y presiente el
personaje principal-experimentar la libertad como un derecho inalienable. Desde la mirada del niño, que plantea
cuestiones y se repregunta una y otra vez, el resto va sumiéndose en diversos
cuadros pintorescos de una realidad descarnada.
No es una comparación, ni mucho menos, es la impresión de estar leyendo
buena literatura. Juan Carlos Luis
Rojas, reinventa una narrativa que despierta a un Abelardo Castillo de las
cenizas y el injusto devenir de los personajes son pinturas para quedarse y
pedirles explicaciones. No me asombra
la historia, pudo haber sucedido. El
asombro, dijo alguien alguna vez, es pasajero.
Prefiero la emoción que sufrirá una especie de eternidad. Lo que la hace única, es la mirada del
autor y el fluir de los párrafos que no dejan nada suelto. Cada objeto, circunstancia y final, es
imprescindible. El compromiso del
“decir”, prefigura un estilo propio desde el primer párrafo. Que si existe una identidad, sí. La primigenia frente a los avatares de otros
tiempos. La inmigración, la que se va,
la que suelta anclas y se desarrolla como puede.
La
propuesta es leerla por el sólo hecho de descubrir y mezclarse en el miedo de
Juan que, a través de su mirada frente a los manejos de los adultos, vivirá la
limpieza de manos sobre su consciencia y cuerpo, una anomia evidente.
¿Quién escuchó a Juan? ¿Quién reparó en su hambre de familia y
estudio, de enamorarse, de ocultar la pavura frente a una sociedad enajenada y
pueril?
No sé si encontró la verdadera libertad, pero sí
sé, que alguien dispuso la historia y se escribió. La libertad crece como un niño en el
útero. Va tomando forma cada parte, su función
definirá para qué será y por qué. Juan
se quedó o tal vez se fue a buscar un sendero.
El que buscamos usted y yo.
Permanecer y comprender un destino requiere de
fortalezas y de temores. Esta historia
implica desazón, alegrías que se viven como nuestras, una apretada de cuello y
un regreso a lo que nos hizo feliz.
Usted y yo, venimos después del escritor, dijo alguien. Entonces, la
idea es clara. Juan no sé si la tenía,
menos yo. Igualmente, se vislumbra algo
que jamás se pudo saciar y que nos persigue, no al muro, no este lado ni el
otro. Un muro puede desencadenar la peor
historia o la mejor. El objetivo es escucharse
y tener bien claro quiénes somos y qué deseamos verdaderamente, algo así como El
Aleph que, según Borges, es el punto mítico del universo donde
todos los actos, todos los tiempos (presente, pasado y futuro), ocupan “el
mismo punto, sin superposición y sin transparencia”. Toda esta historia es “un momento” y cada uno
de los personajes reconocerá su destino.
Juan lo vivió todo junto, se desangró el corazón, extrañó, conversó con
su ruidoso estómago, despertó cada mañana a puro grito, el silencio verde abría
sus puertas de la cabeza y ¿en qué momento volvería a rechinar el portón, de la
ida y el regreso, cuando nos vamos para no volver, se es libre por fin y para
siempre?
Silvina Crespo
Escritora
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